domingo, febrero 21, 2016

La niña pez

Mi niña era un pez. Tenía ojos de lubina, y de sus morritos de dorada salían sin cesar suspiros en forma de burbuja, que ascendían en espirales a la superficie del acuario del salón.
Su madre y yo la mirábamos embobados, porque nuestra niña, era la niña pez más bonita que habíamos visto nunca; con sus escamas anaranjadas de salmonete que resaltaban sobre su cunita de concha.

El día que vino al mundo se formó un verdadero alboroto en el hospital. Los médicos no sabían qué hacer y tuvieron que llamar a un ictiólogo, que fue quien finalmente entregó a la orgullosa mamá a su niña pez metida en una bolsita de plástico.

Después llegó la familia. Nadie entendía cómo había podido ocurrir.
La tía Matilde, a quien le gustaba criticar siempre lo que hacían los demás, y que siempre tenía respuesta para todo, dijo triunfante al verla:

— ¡Eso te pasa por haber tenido el antojo de comer sardinas a las tres de la mañana durante los meses de embarazo!

Mi mujer, pobrecita, ni se inmutó y continuó echándole plancton a la niña, que lo comía voraz.

De pronto tía Luisa recordó una historia que al parecer su abuelo le contaba cuando ella era pequeña. En aquel cuento le contaba que ella era en realidad descendiente de una sirena con la que su tatarabuelo, un marino mercante, había tenido un romance entre los corales de los mares del sur. Pero ella nunca lo creyó; siempre había pensado que le contaba aquella historia para hacerla reír.

Sin embargo nadie rió en aquel momento. Se limitaban a mirar estupefactos la cuna-pecera mientras nuestra niña pez los miraba con sus enormes ojos desmemoriados al otro lado del cristal.

Pasados varios meses de su nacimiento nuestra niña pez comenzó a languidecer de modo inexplicable. Sus escamas se tornaron azules como las de los boquerones. Apenas comía y aleteaba muy lenta. Nos dijeron que era niña pez de agua salada y por ello nos abastecimos con tantos sacos de sal yodada como para haber podido hacer en salazón a todo el bacalao de Terranova y Vancouver juntos.

Todo fue inútil.

Nuestra niña pez, cada día más grande y más grisácea, se moría de pena en el acuario y nosotros sólo podíamos observar al otro lado del agua su lenta agonía.
Todo continuó así hasta que finalmente un día decidimos llevarla a remolque en una pecera gigante con ruedas hasta el mar. Al verlo, sus ojos tristes reflejaron toda la luz del agua al amanecer. Sus escamas se volvieron verdes y azuladas y comenzó a aletear la cola como si quisiera hacernos entender que tenía prisa. Dando un último beso sobre el cristal de la pecera volcamos el agua y a la niña pez sobre la orilla del mar, y allí sus suspiros se perdieron para siempre entre las burbujas de espuma de las olas.



MtG

miércoles, julio 29, 2015

La niña de los farolitos azules


La niña efervescente entra en la clase a ritmo de bengala recién prendida, brincando de atrás hacia adelante como rana que bailase una melodía inaccesible a oídos no infantiles.

Mira a la maestra con sus enormes farolitos azules y le susurra un secreto:

—Mañana dormiré junto a mi amiga, y cuando en su casa todos duerman, a escondidas robaremos chocolate.

¿No se dará cuenta su madre de que le robáis el chocolate? Le dice la maestra, lista a reprenderla.

Sus pequeños dientes tintinan en su risa blanca de duende, y niega efusiva a las necias preguntas de mayores.

 —Mi amiga siempre lo hace y no se da cuenta. Pero esta vez le ha pedido a su mamá que compre del blanco, que es el que a mí me gusta.

La maestra baja la mirada y sonríe. La niña da un vuelco, un salto. Y en medio de ese centelleo y ambiente de campanillas con sus bracitos le rodea la cintura y abrazándola le dice:

—Si quieres, puedo guardarte un trozo.

 MtG

Texto publicado en la Antología de Relato Breve "Sentimientos" 
Letras con Arte 2014.

domingo, marzo 15, 2015

Las gentes tristes

A la memoria de Javier Tomeo.

Medianoche en una estación de metro. A lo lejos, emitido desde un aparato de música al que apenas le funcionan ya las pilas, se escucha una distorsionada versión de "La vie en Rose" de Edith Piaff cantada de modo extremadamente lento y desafinado.
Llega el último tren del día. En él quedan ya sólo unos pocos viajeros rezagados. Se abren las puertas del tercer vagón y un hombre común y corriente que esperaba en el andén entra y se sienta junto a un hombre sombrío.

De repente una lágrima surca muy despacito la mejilla ajada del hombre que se encuentra sentado a su izquierda.
HOMBRE COMÚN — ¿Le ocurre a usted algo? ¿Puedo ayudarle?
HOMBRE SOMBRÍO —Se lo agradezco, pero mi melancolía es absolutamente personal e intransferible.
HOMBRE COMÚN — ¿Melancolía?
HOMBRE SOMBRÍO — (Asintiendo.) Es la tristeza y soledad del mundo lo que me aflige.
HOMBRE COMÚN — (Mirando a su alrededor, sin conseguir ver nada.) ¿Tristeza? ¿Aquí? ¿Dónde la ve usted?
HOMBRE SOMBRÍO —En todas partes. Sólo tiene que pararse y observar. Ahí mismo: vea cómo dan las siete y veinticinco los bigotes de ese pobre hombre, ¡si tan sólo dieran las nueve y cuarto! Allí, fíjese en aquel joven lampiño, el que lee Lolíta  junto al extintor.
HOMBRE COMÚN— ¿Qué le pasa? No veo nada inusual en él.
HOMBRE SOMBRÍO—Es su indumentaria.
HOMBRE COMÚN—No entiendo ¿De qué modo puede usted percibir tristeza en su modo de vestir?
HOMBRE SOMBRÍO—No puedo sentirla, pero presiento que la tendrá. (Menea la cabeza de un lado a otro lentamente y con abatimiento.) Es demasiado joven aún para saber que la corbata es la horca del preso sin apresar.
HOMBRE COMÚN — ¡bah! Usted ve cosas inexistentes que nadie más vería.
HOMBRE SOMBRÍO —Pueden verlas las gentes sensibles.
HOMBRE COMÚN— ¿Quiere decir que no soy lo bastante sensible para verlas?
HOMBRE SOMBRÍO —Eso no puedo saberlo. Sólo sé del sufrimiento que, como yo, padecen las personas sensibles por la continua excitación de sus sentidos. Claro está que también están los que no sienten, los insensibles. Ellos no sufren, pero tampoco gozan del regalo de la sensibilidad.
HOMBRE COMÚN — ¿Acaso no existen personas normales? ¿El término medio?
HOMBRE SOMBRÍO —Nacen algunos así, pero tarde o temprano una circunstancia en sus vidas los cambia para siempre inclinándolos a un lado u otro de la balanza.
El HOMBRE SOMBRÍO calla. El HOMBRE COMÚN se queda cabizbajo y pensativo. El tren se ha detenido en la siguiente estación. Se abren las puertas y se inicia el intercambio de pasajeros. De pronto el hombre común tiene ante sus ojos a la mujer más triste que haya visto jamás (de su persona se desprende tal desolación que el perro guía de uno de los pasajeros, compungido, ha comenzado a llorar). Es joven, de aspecto flaco y frágil. Su cara recuerda a la de los maniquíes por su expresión ausente y desvaída y lleva el cabello recogido en un moño bajo, semejante a un abandonado nido de golondrinas. Viste con austeridad, de beige liso, y calza unos zapatos masculinos de puntera larga; tan larga que por un momento cree uno que son sombras en forma de carriles; raíles por los que la supuesta sensualidad de su juventud parece haber echado a correr.
El HOMBRE COMÚN no puede dejar de mirar a la mujer. Mira entonces al HOMBRE SOMBRÍO y se da cuenta de que éste también la observa.
HOMBRE COMÚN — ¿La conoce usted?
HOMBRE SOMBRÍO —La he visto otras veces y he oído contar historias sobre ella. Se llama Dolores. Es una muchacha peculiar. Triste, solitaria y de extrema sensibilidad. Dicen que capta todas las emociones que la rodean a dos kilómetros a la redonda, por eso se refugia en los parques, busca alivio en las risas de los niños. Parece que hoy está de buen humor, por eso su tono de piel es gris azulado, lo sé porque he oído decir que los días en los que está verdaderamente triste se llega a poner en blanco y negro, como un fotograma antiguo.
El HOMBRE COMÚN no le escucha ya, mira a Dolores y trata de decir algo pero sólo consigue poner los labios en forma de “o” a ratos y de pez a otros, emitiendo un frustrado ruidito gutural. En realidad intenta decirle algo a la joven pero un invisible cerco en la garganta se lo impide.
El HOMBRE SOMBRÍO no dice nada. No puede saberlo a ciencia cierta pero su sensibilidad le dice que el hombre común ha encontrado su circunstancia.
Estación de destino. Se cierran las puertas del tercer vagón. El HOMBRE COMÚN camina por el arcén bajo la mirada burlona de la luna que observa a este hombre, ya no tan común, mirar extrañado a una pareja de mimos haciéndose carantoñas.

MtG


(Escrito en septiembre de 2014)

viernes, noviembre 21, 2014

El camino amarillo



Como una alfombra amarilla se extiende el camino ante ella, sin marcas ni señales que le muestren dónde está o cuál es el propósito de su viaje. A lo lejos le parece oir el sonido de una sirena que poco a poco y de modo irregular se va acercando, aunque ella no llega a saber qué es hasta que no ve al musical grupo de gaviotas sobrevolando las copas de los árboles.
Pensando que cercanos a estos pájaros se encuentra siempre el mar, la niña trata de seguirlas, pero cuando las gaviotas se internan en el bosque surgen unas brumas amarillas que la envuelven, impidiéndole continuar.
Ciega entre la niebla se abraza a sí misma, y con cautela retrocede despacito hasta el camino dorado que sólo conduce hacia delante. Camina y camina sin cansarse mientras todo lo que antes ha existido desaparece ante sus ojos a medida que avanza; difuminándose los contornos del paisaje, como si en realidad se hubiera tratado siempre de una ilusión.

A su paso atrás deja pueblos abandonados de casas diminutas a los que hace mucho tiempo (no sabe bien cómo lo sabe) llegaban hadas y brujas de todos los puntos cardinales para presidir consejos en las plazas.
En una de esas aldeas, que huelen a desinfectante y cloro (cosa bastante extraña a su parecer), trata la niña de entrar, pero nunca llega a ver posar su zapatito fuera del trazado, pues cada vez que lo intenta se hace invisible como si se lo engullera un espejo hambriento.

Grita entonces con la esperanza de que algún campesino la oiga; mas como respuesta sólo escucha un extraño trote, como de caballos galopando; aunque nunca los llega a ver.

De pronto, sus ojos se hacen grandes como los girasoles que la rodean, y echa a correr hacia una silueta que al fondo del camino parece hacerle señas. Pero cuando allí llega, sólo encuentra al viento burlón jugando con los restos de un viejo espantapájaros de sonrisa desvencijada, al que rápido y entre lágrimas que surcan su cara roja, saca la niña sus entrañas de paja, vengándose de esos botones que la miraban irónicos.

Otra vez soledad y silencio.

La niña reanuda su marcha por el enlosado ocre, y no muy lejos de allí encuentra un libro abierto, vuelto del revés sobre el camino. Se agacha para cogerlo con el mismo amor con el que hubiera recogido un animalito perdido. Esperando hallar en él a un amigo que le haga compañía. Pero, poco charlatán resulta ese amigo, pues en su interior no hay escritas más que simples líneas que no puede leer, y en el exterior sólo encuentra el título borrado y las tres iniciales de su autor: L.F.B.

—¿L.F.B.? ¿Qué querrá decir? Se pregunta la niña.

De nuevo escucha el sonido de un caballo al trote, aunque esta vez más cercano que antes y en un tono mucho más agudo. La niña apresura el paso. Corre a buscarlo. Y sólo cuando ya tiene el sonido del traqueteo encima, ve que en realidad procede de un pequeño reloj de cuerda con forma de corazón, que de manera desaforada late a sus pies.

Lo toma con cautela del suelo, como temiendo que pudiera descomponerse entre sus dedos.

De pronto la niña escucha dos voces en el aire que lo envuelven todo.


— El pulso ya es regular, doctor.
—¿Lleva mucho tiempo inconsciente?
—Aproximadamente una hora. Aclara la voz de la mujer.
—¿Sabemos ya quién es?  
—Acaban de confirmarnos que efectivamente es Samuel Alier (hijo), como está escrito en el libro que, según testigos, estaba leyendo en el momento del accidente.
Su padre está de camino.

La niña ha desaparecido, y en su lugar se encuentra Samuel, que escucha extrañado los pitidos rítmicos que emite el reloj que sostiene en la mano, y que no entiende por qué los dedos de los pies le hormiguean como si despertaran tras estar largo tiempo dormidos.

El médico comprueba la actividad del electrocardiograma. Observa después cómo se van coloreando las mejillas pecosas del adolescente que reposa sobre la cama, y acto seguido busca el libro para comprobar, una vez más, el nombre que figura en el ex-libris antes de escribirlo en el informe.

Lo encuentra entre los pocos objetos personales del chico: un cuaderno sin estrenar y El mago de Oz de Lyman Frank Baum.

MtG 

(Imagen: the warehouse.el camino de retorno)

viernes, octubre 03, 2014

Literatura en obleas II

Los arpistas tocan pianos impúdicos.

 Las farolas son serenos mudos. 

El afinador es el dentista de los pianos.

Párpados de náufrago son los mejillones.

Un piano es un arpa de clausura.

Dan las siete y veinticinco los bigotes de un hombre triste.

Los labios de mujer sin rouge dan besos mudos.

El panadero fue detenido por la venta ilícita de pistolas.

Los impertinentes se azoraron ante tan crítica mirada.

Las abuelas italianas tejen colchas con tallarines. 

La corbata es la horca del preso sin apresar.



(Imagen sacada de google. Si alguien sabe quién es el ilustrador que me lo diga por favor.)

domingo, agosto 04, 2013

Un día no como otro cualquiera

      
A las tres de la tarde en punto de cada sábado la señora Julia siempre regaba las plantas de sus macetas coincidiendo con las campanadas del reloj de pared y las canciones de Imperio Argentina, que la señora Mati-su amiga y vecina del piso de arriba desde hacía cincuenta años- escuchaba a esa hora en "Viejas emisiones" de la radio.
Ese día algo perturbaba el ánimo de la señora Julia, normalmente tan serena. Echó azúcar en lugar de sal en las lentejas, se le quemó la leche, y rompió un botijo con tal estrépito que por poco no consiguió que el señor Abelardo levantara la vista del periódico.

El señor Abelardo, marido de la señora Julia, era enjuto todo él, de aspecto, palabras y hechos. Era un hombre rutinario. Amante del silencio, al que mostraba su respeto no osando molestarlo. Le gustaban las cosas comprobables y previsibles- por ello toleraba lo que a otros podía incomodar-tales como el sonido del segundero del reloj o el rítmico goteo de un grifo.
Sólo dos cosas había en el mundo capaces de alterar al señor Abelardo hasta llevarlo a un estado moderado de irritación: el zumbido de un mosquito y la vista de unos zapatos sucios.

A las tres y cinco la señora Julia había terminado de regar el ficus y los geranios al tiempo que la argentina era relevada por Conchita Piquer con su " y sin embargo te quiero". Dejó la jarra a un lado y se dispuso a disfrutar de la tranquilidad de la salita que olía a cientos de guisos y a anises, betún y laurel. Sentada en su butacón contemplaba plácidamente las fotografías enmarcadas repartidas por el salón; familiares perdidos en el tiempo, fallecidos o distantes como su hija, Encarnita, que desde hacía varios años vivía con su marido en el Brasil.

Un maullido feroz de "Clarkgable" la sacó de sus ensoñaciones nostálgicas. El minino se peleaba con un enemigo fantasma, sin duda intentando merendarse alguno de los ratones cuyos irritantes rasguños se escuchaban provenientes de la pared cercana a la cocina. En seguida el gato se calmó y la paz de la casa sólo se vio alterada de nuevo por el apacible tintineo del péndulo del reloj; tic, tic, tac, tic, tic, tac.
Abelardo estaba en su sitio, sentado en su sillón, tan inerte como el mueble que lo sostenía.

Al observarlo, de nuevo regresaron las palabras que durante horas habían protagonizado sus pensamientos: "¡Ay!, si Abelardo de repente te faltase cuánto lo echarías de menos". Esa misma mañana, Mati -viuda reciente- había pronunciado esas palabras tratando de hallar en su amiga eco y consuelo a su dolor. Pero lo cierto, es que en la señora Julia no despertaron otra cosa que estupor, que más tarde dio lugar a una molesta desazón. Se sentía absolutamente incapaz de empatizar con la tristeza de su amiga, y su falta de sensibilidad le parecía extraña. 
Esa era la causa que había hecho que permaneciese distraída y perpleja durante la mañana.

Transcurrieron unas horas más de reflexión que hicieron que, por falta de hábito, a esas alturas de la tarde la cabeza de la señora Julia echara ya humo por las orejas tratando en balde de imaginar qué podría echar en falta ,si por casualidad su marido dejara este mundo antes que ella.

No se le ocurría nada.

Nunca en todos sus años de matrimonio se había preguntado nada, ni sobre sí misma o él, ni sobre su vida o el matrimonio...y ahora... tan sólo a partir de la simple frase de una vecina había llegado a la inquietante conclusión de que Abelardo, su marido desde hacía cincuenta y dos años, le importaba tanto como los peces de colores que lucían sobre el aparador.

Sintió vergüenza. Las horas de introspección, lejos de haberla ayudado a encontrar alguna circunstancia digna de ser añorada, la habían hecho consciente de todo lo que aborrecía y que reprimidamente había odiado siempre de él. La caja de Pandora había sido abierta y una ira visceral entró en abullición provocando que esa furia despertada la hiciera sentir más viva de lo que nunca antes se había sentido en su vida.
Mientras hacía la cena, entre el calor de los fogones su cólera aumentaba por momentos, su excitación le aceleraba la respiración- lo que avivaba el palpitar de las aletas de su nariz, dándole una cierta comicidad-. Su recién descubierta imaginación se hallaba febril y exaltada. Próxima ya a la locura. Desvariaba desmandada de pensamiento en pensamiento hasta que su mirada perdida fue a dar con la bombona del gas.

A las nueve de la noche, mientras observaba cómo dos gotas de sopa resbalaban por los bigotes de su marido, en su mente demencial sentenció el asesinato.

Y por primera vez, en más de cinco décadas, el señor Abelardo observó aturdido dos hileras de dientes en la sonrisa de su mujer.


MtG

(Foto: Doisneau)

lunes, julio 29, 2013

Literatura en obleas I



      Las sombrillas son los paraguas que nos protegen de las lágrimas del mar.


MtG
 
(Foto: Umbrella de Elliot Erwitt)